En septiembre de 2024 comencé un proceso de mentoría para hacer crecer mi negocio. Lo que no sabía en ese momento era que ese camino me iba a llevar directo hacia algo mucho más profundo: a nombrar, por fin, algo que habitaba en mí desde hacía años y que no me animaba a decir en voz alta.
Ser la voz del caballo.
En noviembre de ese mismo año creé un evento internacional donde invité a otros profesionales a compartir esta mirada. Fue un éxito. En ese momento creí que ese era el camino: que La Voz del Caballo era un espacio compartido, colectivo, sostenido por otros que también sintieran el llamado de escuchar y ser voz.
Tal vez, visto hoy, era la forma que encontraba para no caminar sola.
Todavía no me animaba a ser yo, completamente, en ese lugar.
Poco tiempo después, uno de mis caballos atravesó una situación límite. Tuvo un accidente.
Cuando llegué al campo en el que estaba, todo parecía indicar que no había nada por hacer. Sin embargo, en ese instante, algo se abrió. No fue desde la mente ni desde el conocimiento aprendido. Fue una escucha profunda, directa, sin intermediarios.
Pude sentir con claridad qué necesitaba, cómo acompañarlo, y también escuchar su pedido más simple y más profundo: no estar solo.
Ese momento fue una confirmación silenciosa y contundente.
Entendí que La Voz del Caballo no era un concepto, ni un proyecto compartido hacia afuera.
Era una experiencia viva que pedía ser habitada desde adentro, en ese instante entendí que la vida me llevó a detenerme, a entrar en silencio, a ir hacia adentro.
Comprendí que la voz no se construye desde la mente ni desde lo que “debería ser”, sino desde una escucha mucho más profunda.
Así comenzó un proceso íntimo, casi invisible hacia afuera, que se extendió durante un año entero. Un tiempo de bucear en mi interior, de correrme del ruido, de observar, de sentir.
Un mentor me dijo una frase que todavía resuena en mí: “Descubrí tu perfume”. Y eso fue exactamente lo que empecé a hacer.
Durante ese año también supe que La Voz del Caballo no era solo un proyecto profesional. Era, en realidad, uno de mis mayores desafíos personales. Y venía acompañado de otro gran umbral de la vida: el nido vacío.
Mi hija más chica dejará el nido. Vivimos en una ciudad sin universidades, y eso implica que se fuera a estudiar y a vivir a otra ciudad. Sabía que ese momento iba a llegar.
A los cuarenta entendí que ya no quería seguir intentando que llegara ese hijo que no llegaba. Y sentí, muy adentro, que si a los cuarenta y seis ese hijo no estaba, entonces comenzaba una nueva etapa. Una etapa transformadora. Elegí vivirla.
Hace cuatro años decidí mudarme nuevamente a la ciudad que me abrió las puertas a mi propósito: Chascomús. Al hacerlo, sabía que ese movimiento también estaba ligado a este momento de la vida. Fue un salto al vacío, sí, pero uno profundamente elegido.
Quise crear mi propia manera de vivir una vez que mis hijas pudieran transitar sus propios caminos. Criarlas había sido una parte esencial de mi historia. Ahora tocaba acompañar sus proyectos… y animarme a mirar los míos con otros ojos.
Recuerdo un día, sentada en el comedor de la casa donde vivíamos en la gran ciudad de Buenos Aires, saliendo de la pandemia. Me pregunté: ¿qué quiero de acá a cuatro años? luego de que mis hijas me mostraran que yo siempre las alentaba a vivir sus sueños y porque yo no me daba permiso a vivir el mío. El vivir en Chascomus rodeada de mis caballos.
Y sin saberlo del todo, confié en la voz de Valiente, mi caballo que me dijo “La vuelta a casa”, comencé a diseñar el espacio que hoy habito. No solo un lugar físico, sino una forma de estar en el mundo.
En estos meses también empecé canto. No para cantar bien. No para afinar. Comencé a cantar para descubrir mi voz.
Clase a clase voy encontrando una voz que no conocía. A veces en compañía, a veces sola. Descubrí que me gusta compartir el espacio, que disfruto cantar con otro, sentir respaldo, presencia. No como quien se esconde, sino como quien se siente parte.
Me pasa como le pasa a los caballos, ellos disfrutan la manada, las buenas compañías, el respeto por el espacio propio y el del otro. Y en ese gesto simple entendí algo más sobre mí: hay partes mías que despiertan cuando me siento acompañada, sostenida, en pertenencia.
Hoy vivo la vida a modo caballo, en manada.
Escuchando más. Forzando menos.
Habitando los tiempos.
Permitiendo que la voz aparezca cuando está lista.
Este año no fue sobre lograr más.
Fue sobre escucharme más.
Y, sobre todo, sobre animarme a no volver a apagar lo que empezó a despertar desde adentro.
Un puente hacia tu propia voz
Tal vez este cierre de año también te encuentre en un umbral.
Tal vez haya una voz en vos que esté pidiendo espacio, tiempo, silencio.
No para gritar.
Sino para ser escuchada.
🌿 Para cerrar, una invitación
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si despertó alguna pregunta, recuerdo o sensación,
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Cariños
Paula Di Leo Recalde
La voz del caballo - Escuela Pie a Tierra